“Cuanto más guap@ más antipátic@“. La ciencia explica por qué (y no es lo que tú crees)
Con esta entrada inauguramos una serie que he bautizado «O sea, science» (pronunciado regular debería sonar «Osea-saens» y ahí está el chistesito) que bien podría convertirse en una sección de Zero Party Data.
Consistirá en lo de siempre: desmenuzar conceptos complicados mediante recursos -divertidos- de «data science».
¿Saes? ¿Conoces?
Indice
¿Por qué son así de idiotas l@s pibones?
En el super-recomendable libro «Bullshit: contra la charlatenería» de Carl T. Bergstrom y Jevin D. West, se trata este particular y memorable estudio, para ilustrar y explicar la llamada «paradoja de Berkson».
Como seguramente estés aquí por el llamativo titular y no por ninguna paradoja, ya profundizaremos en mierdas de datos al final del post: vamos directamente con la panoja.
Con gráficos es como se ven bien estas cosas
Creo que puedo hablar en nombre de cualquiera que se haya, uhm, mojado en el mercado de las relaciones humanas (y que no se apellide Ábalos) cuando afirmo que la experiencia habitual es que cuanto más guap@ sea la persona con la que nos planteemos protagonizar un épico revolcón, más gilipollas suele resultar.
Y al revés, cuando la persona que nos pone /a la que le ponemos proa, es realmente simpática y agradable, suele pasar que, por lo que sea, no coincidirá que sea particularmente atractiva.
Dejaré de lado consideraciones psicológicas del tipo: «es que los pibones se comen lo que quieren y es por eso que se van volviendo ñeñeñé«. No digo que no sea ése el caso.
Digo que tengo una explicación mucho más interesante, que depende al 100% del ojo de quien hace la valoración, no de la conducta de toodos esos pibones de mala conducta.
Por supuesto, esto no es estadísticamente cierto en la realidad: belleza y gilipollismo se reparten uniformemente en la naturaleza humana. Pero muy probablemente ésta ha sido tu y mi experiencia subjetiva. ¿Por qué?
Las buenas noticias son que la ciencia puede explicarlo.
Vamos con ello.
Me voy a subir para esta tarea a hombros del matemático Jordan Ellenberg.
El Dr Ellenberg plasma la relación mazicitud / imbecilidad mediante este gráfico de aquí:
En el eje vertical plasmamos el atractivo físico (arriba está estar «hot» o ser un «pibón» y abajo…. nada de eso, sino ser lo que viene siendo un «callo malayo») y en el horizontal la simpatía (cerca de cero eres un/a perfect@ gilipollas y conforme avanzamos en el eje, llegas a ser muuy buena gente).
Como se ve por la distribución más o menos uniforme de los puntos (que reflejan posibles destinatarios de tus atenciones amatorias) la correlación entre ser feo y simpático o guapetón y agilipollao…. es nula.
¿Qué ocurre entonces?
Ocurre que la muestra de datos sobre la que hacemos nuestra valoración es subjetiva y está sesgada, en dos direcciones:
En primer lugar (y esto, como todo en este post veraniego que me estoy sacando de la manga, es subjetivo) cuando seleccionamos compañía, tenemos nuestros límites, y excluimos de entrada a una parte del cuadro porque los, ejem, puntos, están demasiado faltos de atractivo, o bien porque puedes comerle la cara o lo que sea a alguien un poco agilipollao, pero hay niveles de imbecilidad que sencillamente no superan la prueba del algodón de nadie.
Pequeña interrupción para recomendar «A different man» una interesantísima película que explora ambos límites: el de la tremenda apariencia física y el de ser muuy buena gente.
Así que el terreno a explorar que te queda después de haber marcado tus preferencias iniciales se parece más o menos a la zona superior del gráfico:
It´s two for tango
En segundo lugar, por decirlo finamente, salvo (el improbable caso en) que tu careto y resto de equipamiento luzca igual de bien que, vamos a poner, el de Brad Pitt o Scarlett Johansson, lo más probable es que la zona del gráfico en el que tengas posibilidades reales de pillar cacho se quede en la franja delimitada en el siguiente gráfico.
¿Por qué?
Porque los demás, querid@ amig@, los demás también tienen sus límites. Sus preferencias. Y te las aplican a ti.
Y… ya la tenemos liada.
Al limitar entre todos (nosotros con nuestras preferencias y los otros con las suyas) el terreno de juego a esa estrecha banda amarilla, estamos condenándonos solitos a esas combinaciones extremas: en la zona que te queda, un pibón de alta graduación será insoportable. Y por el otro extremo, quienes te hagan más feliz la existencia estarán a tanto así del hombre elefante.
Es bastante obvio que la distribución de belleza es irregular y arbitraria. Por otro lado, life finds a way, quicí que cada ser humano ha hecho lo que buenamente ha podido por equilibrarla…
… explotando su hermosura permitiéndose portarse como un idiota porque en la práctica le da igual…
… o siendo en general buena persona y aderezando la falta de exuberancia física con amabilidad y (lo digo por un amigo) un personal sentido del humor…
… pese a esto, lo cierto es que, el hecho de que todos, a uno y otro lado de la pista de discoteca (en el caso de los boomers) y de la pantalla de Tinder (en el del resto) seleccionemos el foco de nuestro deseo mediante dos variables distintas a la vez (atractivo y amabilidad) hace que automáticamente obtengamos una correlación negativa entre ellas.
Y ese, justo ese es el terreno de juego de la paradoja de Berkson:
Cuando seleccionas a la gente utilizando dos criterios a la vez, esto es: (a) que te parece lo bastante guapa y (b) mínimamente simpática, sin darte cuenta has cerrado la puerta, has dejado fuera al resto del planeta. Dentro de tu muestra filtrada verás, por narices, que quien sobresale mucho en un rasgo flojeará en el otro.
Dicho un poco más técnicamente, esa falsa impresión—que nace del sesgo de selección de haber aplicado dos criterios simultáneos en vez de uno—es la paradoja de Berkson: cuando limitas tu muestra con varios filtros a la vez, generas automáticamente una correlación negativa entre esos mismos criterios, aunque en la población entera -sin filtrar- no exista ninguna relación real entre ellos.
¿Ha dicho usted «correlación negativa»?
Sí: es la forma trénica de referirse a esa desafortunado resultado de «l@s más guap@s son imbéciles» y «l@s más simpátic@s son fe@s» con la que empezábamos el post.
Lo que trato de explicar es que esta «correlación negativa» es artificial: no existe en la realidad. sólo la observamos porque tanto tú como tus posibles intereses amorosos filtran el material disponible hasta que ambas partes se quedan con una estrecha banda en la que, sí, existe una dramática correlación de guap@s imbéciles y gente encantadora que no tocarías ni con un palo.
Y esta es una causa importante de tropos o asuntos tópicos que todo el mundo da por ciertos.
Esta es la paradoja de Berkson, y una vez que entiendes cómo funciona la verás por todas partes:
.- ¿Por qué todos los restaurantes buenos del centro son muy caros y los buenos y baratos están donde Jesucristo perdió la sandalia?
Ya no te deberías sorprender de esto la próxima vez que los busques (1) en el centro y (2) por encima de 4 estrellitas en Google Maps o TripAdvisor.
.- ¿Por qué las películas de estudio son casi siempre secuelas sin un mínimo de creatividad pero con presupuestos enormes, y las independientes tienen guiones brillantes pero están hechas con dos duros?
Hay guiones muy creativos pero demasiado arriesgados en el fondo de todas las papeleras de los estudios, y un montón de pelis independientes con guiones horribles que, sencillamente, no han llegado a tu pantalla.
.- ¿Por qué los jugadores de fútbol o baloncesto más altos son unos patas y los más pequeñajos y endebles físicamente son prodigios de la técnica? [Su reflexión, aquí].
Y asín sucesivamente.
Próximamente: ¿Por qué una huella dactilar por sí sola no puede ser prueba suficiente para meter a nadie en la cárcel?
Jorge García Herrero
Abogado y Delegado de Protección de Datos





