Perejilling: revisar un contrato hecho con IA
“Un posible cliente me envía un contrato hecho con IA (o un informe o una política) y sólo quiere que se lo revise. Yo sé que estas cosas a ti no te pasan. Y que si te pasaran sabrías rápidamente ¿Te ha pasado? ¿Y tú qué contestas?”
Es una de las conversaciones más recurrentes de este verano entre abogados.
Pero ¡Ojo!:
1.- Esto no sólo lo escribo para abogados. Lo escribo sobre todo para quien envía el documento.
2.- Además, hablo aquí de lo que me pilla más cerca-de un encargo a un abogado-, pero, con los cambios lógicos, esto está pasando en un montón de profesiones más.
Lo que quiere el cliente es razonable: pagar sólo por la seguridad de que la IA no se ha tirado un triple.
Todo el mundo quiere pagar menos, pero nadie quiere asumir las consecuencias de equivocarse.
No es la primera vez
Cero novedades en esto: los abogados siempre hemos vendido seguridad. Nunca total, pero sí mayor seguridad o, por lo menos, la certidumbre de que los problemas que vengan seguirán un cauce en el que el cliente estará protegido.
Nadie quiso nunca pagar por el informe tocho que, en cualquier caso, no se leía ni el Tato.
Cero novedades tampoco en lo de la IA: quienes -como yo- tenemos unos años, ya estábamos ahí cuando los clientes empezaron a usar otra novedad disruptiva llamada Google.
La conversación de aquel verano de los primeros dos miles era “el cliente ya viene toreado, porque ha buscado su tema en Google / se ha descargado el modelo”.
Ya sabía lo que necesitaba, quería pagar menos.
Casi igual que hoy.
Arguiñano y el perejil
Voy a explicar cómo veo el fenómeno tirando de otro recuerdo viejuno: Karlos Arguiñano.
Un cocinero que se hizo famoso, aparte de por lo bueno, sobre todo por lo simpático: contaba chistes muy malos -pero los contaba muy grasiosamente- mientras preparaba los platos, y popularizó expresiones como “rico-rico” y “con fundamento”.
Pues bien: ir a comer al restaurante de Arguiñano es una cosa.
Otra muy distinta es comprar tú un besugo, limpiarlo, añadirle tus ingredientes, meterlo en tu horno y, con el bicho ya a medio hacer, llamar a Arguiñano para que venga, le pegue un vistazo, lo saque, le eche su mágico perejil por encima (“perejilling”) y esperar que el besugo quede igual que si lo hubiera hecho él.
Arguiñano es cocinero, no mago.
Hay una tercera posibilidad, que es la que, particularmente, me interesa:
Alguien le lleva el besugo a Arguiñano y le dice: “Esto es lo que yo tenía pensado zamparme. Dime qué harías tú con esto”.
Ese alguien no viene pidiendo sólo perejil.
Le está pasando el briefing mejor formulado que Arguiñano va a recibir en toda la semana.
Revisar un contrato hecho con IA: calidad no es utilidad
Cuando me llega un documento hecho con IA, lo leo en diagonal y me hago una idea. Pero una idea de su utilidad. La calidad es otra cosa.
Las IAs actuales generan documentos complejos, bien estructurados, sin erratas llamativas tipo referencias cruzadas rotas o jurisprudencia inventada.
Sí: cierta “calidad” está a 20 euros de distancia.
Lo que nunca hay es “contexto”: la IA no puede saber lo que el cliente no le ha contado, y patina a lo grande en la estrategia.
El cliente suele saber qué documento necesita pero casi nunca exactamente qué le viene mejor -si lo supiera, no me llamaría-; me llama precisamente por eso.
Si se conforma con la IA, el resultado es, en el mejor de los casos, un documento sin errores formales y muy equivocado en el fondo y/o en el objetivo.
Pero ese documento puede ser útil, y mucho.
No como borrador para corregir, sino como radiografía de lo que el cliente cree que necesita. Con eso y una conversación, ya sé qué hay que cocinar. Mejor cocinar desde cero, con mis modelos y mis herramientas, porque parchear o reorientar un documento equivocado siempre cuesta más -a mí y al cliente- que partir de la pregunta bien hecha.
Hay una excepción que brilla como una luciérnaga: cuando el documento viene cocinado por alguien, -normalmente un abogado interno- que sabe lo que hace.
Entonces sí te pueden llegar contratos o análisis perfectos al 90-100%, y preguntas pertinentes y enfocadas.
Y entonces la revisión es de verdad una mera revisión.
Lo que compras cuando me llamas
IAs tenemos todos. Lo que no tiene todo el mundo es un flujo asentado con distintas IAs (comerciales, locales) para distintos casos de uso, especializadas en los aspectos concretos y espinosos de la inabarcable transversalidad de la protección de datos.
Pero eso es la cocina y no puedes verlo.
Lo que necesitas y pagas es la respuesta a lo que no has preguntado.
La protección de datos no es un besugo, y el valor está casi siempre ahí, en lo que no aparece en el prompt porque no sabías que había que tenerlo en cuenta.
Dos encargos, dos precios
Así que hay dos encargos distintos, y tienen precios distintos.
El perejilling puro -“míralo, dime si está bien, valídalo”- lo cobro a precio Arguiñano. Precio plano, sin regateo. No por capricho: porque, por lo que sea, para eso se llama a Arguiñano y no a Manolo el de la pizzería de abajo.
Y a Arguiñano llegar hasta ahí le ha costado su trabajo.
Si con ese precio la cuenta no sale, es que el encargo era para Manolo. Y eso es legítimo, no pasa nada.
El otro encargo -el proyecto con sustancia, el del que trae el besugo diciendo “dime qué harías tú”- lo cobro por debajo de lo que me cuesta en horas: una fracción del tiempo que invierto, con o sin IA. Y no por generosidad.
En un momento de proliferación de pizzerías, asesorar proyectos interesantes es lo que mantiene el cerebro en forma.
Ese cliente me paga en dos monedas, y la segunda me interesa más.
Lo que sí tiene los días contados es cobrar plantillas al peso, aunque siempre haya sido el negocio más lucrativo.
Así que si tienes un documento hecho con IA y la duda de si es lo que necesitas, mándamelo. Pero no me pidas perejil: cuéntame qué querías conseguir con él.
A partir de ahí, cocinamos.
Jorge García Herrero
Abogado y Delegado de Protección de datos