Cuento de Navidad (2019 edition)

 

Mis historias favoritas siempre han sido esas que son reales, pero parecen sacadas de la cabeza del guionista más zumbado.

El cuento de navidad de este año es una de esas historias: me la contó directamente su prota hace ahora once años. Es real.

Quizá no recuerde muy bien los detalles, pero sí lo esencial. Y no se me olvidó nunca, por razones que estáis a punto de averiguar.

Al final del post, y como tengo el día rumboso, he enlazado como bonus track otra historia con “punto navideño” más, igual de bestial que esta, que leí el otro día.

 

Miguel se fue a trabajar a Inglaterra para mejorar su inglés. Eligió un pueblo discreto en vez de una gran ciudad como Londres, para no caer en la trampa del cachondeo con españoles o con otros estudiantes.

Encontró trabajo en el típico “pub” británico. Un lugar que abría buena parte de la mañana para despachar cafeses y teses y posteriormente, lunch y cervezucas, siempre para los mismos y escasos parroquianos.

Una especie de Cheers de pueblo.

Miguel se acabó haciendo amigo de un tipo que se pasaba mucho tiempo leyendo en el pub. Llamémosle “Gordon”.

Es cierto que se ausentaba durante largas temporadas, pero cuando estaba en casa, echaba tiempo en el pub.

Simpatizaron inmediatamente: ambos eran extravertidos, habían viajado mucho y disfrutaban intercambiando anécdotas sobre sus viajes y las personas y experiencias que habían conocido en ellos.

Miguel pasó alrededor de un año trabajando en el pub, pero llegó el momento de volver a España.

Al despedirse de Gordon, éste le dijo que se volverían a ver cada vez que fuera a España.

Miguel le sonrió y le dijo que por supuesto, que por él no iba a quedar.

Gordon le dijo que disfrutaba mucho de su amistad que tenía con él porque –le dijo- no le resultaba nada fácil tener el mismo grado de confianza –y sinceridad-  con otras personas.

Miguel le preguntó: “¿Y eso por qué?” No le parecía el tipo de persona que tiene  problemas para socializar.

Gordon echó una carcajada y mirándole fijamente le dijo: “Miguel, tú pasas bastante de la música, ¿verdad?

Miguel se encogió de hombros y dijo que sí, era bastante obvio y nunca lo había ocultado, su amigo lo sabía perfectamente.

Gordon le palmeó la espalda y riéndose fuerte le pidió que le dejara una dirección para ponerse en contacto con él y poder verle si le pillaba de paso.

Miguel volvió a España.

Desde entonces, cada vez que su amigo Gordon, Gordon Summer (“Sting”, antiguo solista de The Police, y una de los cantantes más populares de los 90), gira por España, le envía un par de entradas de las cojonudas, de esas con acceso al “backstage”.

A Miguel le gusta ver estos conciertos aunque no le mate la música ni las canciones de Gordon: a él lo que lo que de verdad le gusta es tomarse esa, justo esa cerveza con su amigo después del concierto.

La misma que tomaban juntos cuando Miguel conocía a Gordon pero todavía no sabía nada de Sting.

 

Esta historia en su día fue muy sorprendente (aunque conozco otros casos ilustres de gente completamente ignorante de auténticos fenómenos sociales), pero hoy me pregunto, si sería más o menos fácil que se volviera a producir… tenemos toda la información en las yemas de nuestros dedos, pero estamos aislados en burbujas de intereses… no sé.

 

¡¡Feliz Navidad a todos!!

¡¡¡HO HO HO !!!

 

P.D: La otra historia es igualmente inolvidable y empieza (simplemente empieza) con este tuit de Hernan Casciari, un excelso contador de historias, pero que no se inventa esta:

 

Y continúa espectacularmente aquí.

 

Jorge García Herrero

Abogado y Delegado de Protección de Datos